Sandra Cisneros sumerge los pies en el agua fresca mientras la luz del sol resplandece sobre el río San Antonio. "Para mí, ésta es la mejor parte de San Antonio", dice, señalando una mariposa, halcones que vuelan y una grulla blanca que roza la superficie del agua.
El sitio tranquilo, a muy poca distancia de su casa, es el lugar al que la escritora mexicano estadounidense viene a despejar su mente o pasear a sus perros. Nacida y criada en los barrios de Chicago, Cisneros, de 54 años, está a gusto en el histórico y acomodado vecindario King William, su residencia durante los últimos 22 años. Mientras camina, ella saluda a amigos, dando al observador la impresión de que, no importa dónde está, se maneja con confianza y con gracia, las mismas cualidades que contribuyeron para que se convirtiera en activista influyente, docente e ícono literario. Es célebre por su perspectiva chicana en temas como identidad, género, sexualidad, bilingüismo y lucha de clases.
En este 25to aniversario de su aclamada primera novela, La casa en Mango Street, Cisneros rememora un momento mientras la escribía en que, viviendo entre cajas y trabajando como docente y consejera de escuela secundaria, cuestionó el rumbo de su vida. "Parecía que la literatura no salvaba a nadie y era endeble en comparación con las luchas de mis jóvenes alumnas —comenta sobre las chicas que quedaban embarazadas, soportaban relaciones abusivas, o las que tenían que enfrentar problemas aún peores—. Me preguntaba si debería haber hecho algo más práctico, como enseñarles a estas jóvenes acerca del control de la natalidad."
Y continuó preguntándose: ¿De qué otro modo puedo ayudar? Las respuestas llegaron en La casa en Mango Street, cuyas historias no sólo estaban dedicadas a sus estudiantes, sino que algunas veces se trataban de ellas y sus problemas. El libro ha tenido un efecto duradero en muchas de sus alumnas.
Margarita Lopez Perez, trabajadora social que ahora tiene 47 años, fue una de esas jóvenes. "Tuve una hija cuando tenía 15 años, me golpeaban, e intentaba terminar la escuela cuando Sandra trajo esperanza a mi vida —cuenta—. Eso es lo que hoy intento transmitirles a las personas a las que aconsejo, enseñándoles a superar el trauma a través del relato de sus historias."
Hoy, las tres hijas de Perez, universitarias graduadas, recuerdan a su madre leyéndoles el libro de Cisneros cuando eran niñas. La hija menor, Evita Castro, 24, que recuerda claramente el capítulo "Minerva escribe poemas", a pesar de no saber que estaba basado en la vida de su propia madre, comenta: "Cuando era una niña, sólo sentía que la historia era tan triste. En la escuela secundaria, lo volví a leer y pensé: 'Éstas éramos nosotras, ¡Ésa era mi mamá!'. Sandra lo captó a la perfección: Mami, escribiendo poemas en trocitos de papel, el hombre que casi la mata, las cenas con panqueques; todo ello me permitió apreciar las luchas de mi madre".
En la actualidad, Cisneros está inspirando a una nueva generación. A pocos días de Navidad, en 2007, recibió 150 cartas y poemas de los alumnos de inglés de Kimberly Coggin, de Alief Taylor High School, de Houston, que la llevaron a visitar la escuela. Los alumnos habían leído su poema "Loose Woman" (mujer callejera) y le respondieron escribiendo su propia poesía. "Ese poema les proporcionó [a los alumnos] los medios para descubrir que no son los únicos a quienes se los estereotipa o rotula", indica Coggin, de 29 años.
Una de las alumnas, Cynthia Rivera, de 16 años, escribió: "Usted me inspiró para que hable abiertamente a través de lo que escribo. Después de leer su poema, me di cuenta de que mi voz podría ser finalmente escuchada". Y las voces que escuchó de los alumnos llegaron en un momento crucial para Cisneros. En un correo electrónico dirigido a Coggin, Cisneros escribió que las cartas y los poemas "eran medicina para mi alma. Llegan en un momento especialmente doloroso, porque mi madre ha fallecido recientemente. Sus alumnos me recuerdan por qué escribo y, lo que es m‡s importante, para quién".
Mangos y pepinos
El rostro de Cisneros se ilumina al acercarnos a Casa Azul, una casa de su propiedad, de color azul, enfrente de su propio hogar. El lugar alberga la Fundación Macondo (llamada así por el pueblo de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez), una organización que Cisneros incorporó en 2006 para promover la literatura a través de eventos y el patrocinio de autores. Sus raíces se remontan a 1995, cuando Cisneros por primera vez reunió en su cocina a 15 artistas latinos involucrados en causas sociales. De aquella pequeña reunión, surgió un taller anual, de una semana de duración, con más de 120 participantes. Mientras estos encuentros enfatizan un sentido de comunidad, Casa Azul también es un lugar donde los escritores pueden hallar soledad.
"Los escritores chicanos son como los extranjeros ilegales de los escritores norteamericanos, y el premio [MacArthur] me dio legitimidad frente a muchas personas". —Sandra Cisneros |
Uno de esos autores es Erasmo Guerra, de 39 años, un "macondista" que recientemente pasó tres meses como escritor-residente. El tiempo le permitió trabajar en su recopilación de ensayos. "A Sandra la considero mi madrina literaria —comenta—. Es la única persona en la vida que me ha incentivado como escritor." Guerra aún recuerda su primera reunión de Macondo en el año 2000: "No dejaba de pensar: '¡Aquí está mi ídolo literario y estoy en su cocina!'. Luego de realizar un taller con nuestras historias, ella solía cortar mangos y pepinos en trozos y preparar té para todos".
El refugio de la escritora
Cisneros pasa, en el camino de entrada, junto a su auto híbrido. En el parabrisas trasero hay una pegatina que reza: "No Hay Fronteras Donde Hay Amor", y en el paragolpes, otra que dice: "Make tacos, not war" (Haga tacos, no la guerra). Abre la verja y es saludada por su jauría de ocho perros. Argus, el perro de su difunta madre, renguea.
Su casa y la oficina amarilla, que se encuentra al lado de la misma, conforman el refugio de la escritora. "Como autora, tengo que ser una persona pública, pero como escritora, no. Me gusta que mi casa me dé privacidad —confiesa—. El algarrobo me esconde de los transeúntes y mi terraza me cubre totalmente si estoy en pijamas." Los días en que se queda en casa en pijamas son, con frecuencia, días productivos para escribir, explica. De hecho, está trabajando en un libro llamado Writing in My Pajamas (Escribiendo en pijamas).
La privacidad se ha transformado en una necesidad desde 1995, cuando recibió una beca de la MacArthur Foundation (conocida como la "beca de los genios") y fue catapultada al centro de la atención pública. "Los escritores chicanos son como los extranjeros ilegales de los escritores norteamericanos, y el premio me dio legitimidad frente a muchas personas —indica—. Desde mi llegada a Texas, no me había sentido bienvenida, y luego, de repente, me convertí en su Sandra Cisneros. Texas me reclamaba; las letras estadounidenses me reclamaban."
Está agradecida por el premio, que le permitió terminar Caramelo, su segunda novela. También se tomó un año libre para cuidar a su padre agonizante, a quien dedicó su libro. "Yo sabía que moriría mientras lo estaba escribiendo", cuenta. Él siempre quiso que se casara y tuviera hijos para lograr una seguridad familiar, cuenta, pero después de recibir el premio MacArthur se dio cuenta de que iba a estar bien. Nunca se echó a dormir en los laureles; en 1997, Cisneros comenzó Los MacArturos, un grupo de miembros latinos de la Fundación MacArthur, con el objetivo de compartir sus conocimientos con la comunidad.
En su oficina, desde el piso hasta el techo, hay libros apilados contra las paredes que comparten el lugar con una pequeña cama, una cocina y un baño. Cisneros sube una escalera en espiral, los perros la siguen y llega a una terraza con dos grandes sombrillas. Éste es el sitio donde viene a disfrutar del atardecer, su momento favorito del día. Luego de la muerte de su madre, comenta, necesitaba encontrar la forma de combatir la depresión, e invitó a una profesora de yoga para que le diera clases en la terraza. Es un "yoga de copa de árbol, espiritual —dice—. Cuando se abren las sombrillas, comienza la clase". Sus perros, ya exhaustos, están echados como ropa sucia desparramada.
Desde los altos, Cisneros admira el jardín y se pregunta quién vivirá en su casa y cuál será su legado. "Siempre quiero hacer una devolución a la comunidad, elevar a los escritores a otro nivel, enseñarles a las personas a honrar sus historias", dice.