Bajo otras circunstancias, se podría llamar una crisis de la mediana edad. Pero en realidad, no se siente para nada como tal crisis. Se siente, no tanto como un convertible rojo o como un amorío imprudente, sino más bien como una aventura, una juerga escapista.
A los 50 años, me convierto en una novelista primeriza. Mi novela, Sweet Mary, será publicada por Atria Books, el 14 de julio. No puedo decir que sea la gran obra literaria del siglo, ni un trabajo de grandeza arrolladora. Es un paseo, un paseo al estilo floridiano, lleno de ritmo. Un paseo en una Harley grande y flamante.
Y ha sido una gran aventura, quizás la más divertida de mi vida como esritora.
No estoy guardando vigilia al lado del teléfono, esperando que me llame el comité del premio Nobel. Sin embargo, debo confesar que cuando miro la despampanante portada de Sweet Mary en mi escritorio, mi corazón pega un salto. Escucho la “música para el camino” que compilé para el paseo, los ritmos entrelazados de la conga, los desgarradores solos de guitarra, esos tonos que llenan el alma y que acompañaron nuestro viaje, el de Sweet Mary y mío.
Escucho la voz de mi editora, retumbando gentilmente en mi cabeza: “Disfruta el proceso, niña. Gózalo de verdad”.
En mis 29 años como periodista, no hubiera buscado la palabra “gozo” para describir la angustia de un escritor, las veces que hay que parar y volver e empezar a contar una historia, la cacería de transiciones. “Responsabilidad,” quizás, pero nada más festivo que eso. Para mí, escribir era una tarea seria, una tarea cargada de grandes preocupaciones. Como periodista, diariamente enfrentaba mis propias inquietudes, las preguntas sobre los hechos, las citas, los contextos, los ángulos y el interés periodístico.
Pero, en el mundo de la ficción, los personajes se encargan de todos los cuestionamientos. Y, vaya que lo hacen. Pareciera que se materializaran para divertirte, halagarte, provocarte y, a veces, fastidiarte.
Hubo momentos en los que, después de varias horas perdidas en cierta tangente cautivante, salía de ella con el estremecedor sentimiento de que mi frivolidad me apartaba de una misión mucho más seria. Después de todo, no era una estudiante en vacaciones de primavera.
Ahora que lo pienso, nunca tuve vacaciones tipo "spring break". A los 21 años, en la primera semana de mi carrera en el periódico The Miami Herald, cubrí el comienzo de la histórica flotilla del Mariel. A los 26, como corresponsal al extranjero para Newsweek, cubrí un par de guerras. A los 38, como columnista del periódico The Miami Herald, cubrí la apremiante situación de los niños que languidecían en los campos de detención de Guantánamo. A los 40, escribí un libro, en colaboración con un eminente médico que había fundado una clínica para los desamparados de Miami. Al año siguiente, trabajé en una película de HBO, sobre la vida de un famoso jazzista, quien había escapado de un régimen totalitario.
Sin embargo, mi primera obra de ficción no estuvo inspirada en ninguna de estas experiencias. La inspiración llegó desde un lugar inesperado: un rumor de “radio pasillo”. Comenzó con una conversación con mi hermana, en 2003. “No vas a creer lo que le pasó a la vecina de Cookie —me dijo—. Los federales tiraron abajo la puerta de su casa y se la llevaron esposada. La confundieron con una traficante de drogas.”
Resulta que la vecina, una ciudadana modelo de los suburbios, tuvo que probar que no era esa traficante de drogas. Al final, quedó claro que no era culpable de ningún delito. Sin embargo, la historia me intrigó. ¿Qué hubiera sucedido si no hubiera sido capaz de convencer a los federales de su inocencia? ¿Qué hubiera pasado si las sospechas hubieran subsistido después de la liberación? Le planteé estas preguntas a la protagonista, mientras tomábamos un café.
Ante semejante idea, Virginia García-Pérez sacudió la cabeza. “¿Qué haría yo en ese caso? No tengo idea”, respondió.
Le pregunté algo que se me había ocurrido cuando escuché su historia: “¿Alguna vez se te ocurrió salir a buscar a la traficante de drogas?” “¿Dejarías de lado tu vida para buscarla y probar que no eres ella?”, continué preguntando.
“No —me respondió—. Pero, leería ese libro.”
Unos días más tarde, Sweet Mary, el personaje, nació. Primero emergió en la forma de un guión cinematico, ya que estaba de licencia en el periódico y estaba trabajando en proyectos para cine. El personaje que surgió a la vida era dura como el acero, intrépida, devota de la justicia y, por supuesto, una chica de belleza deslumbrante. Pero la vida y el trabajo intervinieron, forzándome a postergar el proyecto por un tiempo.
Hace un par de años, volví sobre la idea, esta vez en la forma de una novela. Era una historia que quería saborear y explorar. Podría haber buscado otro tema, una historia con más peso, una que no tuviera escenas en clubes de desnudistas ni referencias a cócteles. Pero, cuando comencé a jugar con la idea de ser novelista, tomé una decisión: si me iba a sentar durante un año a escribir una historia, tendría que ser una que me hiciera reír y enamorarme, y en la que la heroína alcanzara la redención. Nada de dramas. Nada de historias de guerra. Nada de finales funestos.
En las tres décadas pasadas, hubo muchas historias verídicas que me hicieron llorar, historias que llenaron las páginas de mi cuaderno de apuntes como periodista. También hubo otras que me enfurecieron. Hubo historias que me valieron cartas llenas de odio y amenazas, también. Ese mundo era real, rompía el corazón y, a veces, era aterrador.
Pero, en el mundo de Sweet Mary no existen tales cosas. No importa cuan sombría se torne la vida en su universo, siempre permanece iluminada por la luz de la posibilidad. Esto es lo que yo deseaba. Lo quería de verdad. Fue mi convertible rojo.
Liz Balmaseda secibió su primer Pulitzer —en la categoría Comentarios— por sus informes sobre la apremiante situación de los refugiados haitianos y la población cubano estadounidense en Miami; el segundo Pulitzer lo compartió con sus colegas de The Miami Herald en 2001 —en la categoría Informes de noticias de última hora— por su papel en la cobertura de la toma, por la fuerza, por parte del gobierno federal, del refugiado Elián González.