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Marcha de la Muerte de Bataán
Foto: Bettmann/Corbis 

Sobrevivientes reales
Dos veteranos de la Segunda Guerra Mundial comparten sus experiencias como sobrevivientes de la Marcha de la Muerte de Bataán y lo que les llevó reconstruir sus vidas.

Por Marissa Bialecki
mayo 2009

Enlaces: Ayuda para el veterano

Elogio a la Ley del Soldado
(mayo 2009)

Algunas batallas se pelean en casa (mayo 2008)

Familias militares, un nuevo despertar (aarp.org)

Veteranos de la Segunda Guerra (octubre 2002) 

9 de abril de 1942. Cuatro meses después de que los japoneses bombardearan Pearl Harbor, más de 78.000 tropas estadounidenses y filipinas que defendían la península de Bataán, en Filipinas, apremiadas por la falta de refuerzos y provisiones, reciben la orden de rendirse. Así comienza la desgarradora Marcha de la Muerte de Bataán hacia los campos japoneses de prisioneros de guerra —65 millas de marcha incesante bajo un calor agobiante, interrumpida por bayonetazos, golpes, decapitaciones y ejecuciones—. Unos 11.000 soldados murieron.

En sus memorias, recientemente publicadas, dos veteranos hispanos de Nuevo México dan su versión como testigos oculares de la Marcha de la Muerte y de su experiencia como prisioneros de guerra en el teatro de operaciones del Pacífico.

Carlos: A Tale of Survival (2007, I-Socket Presse) cuenta la vida de Carlos Montoya, de 93 años de edad, según el relato de su sobrino, J.L. Kunkle, de 45. Survivor (2008, Del Oro Press) es la biografía del sargento mayor Frank N. Lovato, de 88 años, escrita por su hijo, Francisco L. Lovato, de 61.

¡Márque su calendario!
El 25 de mayo, Día de los Caídos, 8 p.m.

El 25 de mayo, Día de los Caídos, V-Me transmitirá una presentación en español del especial televisivo de AARP Familias militares, un nuevo despertar. Este especial se enfoca en las familias de veteranos que han sido heridos en las guerras de Iraq y Afganistán. 

Visite aarp.org/iraqvets para mayor información sobre esta cobertura especial, y para ver, en exclusiva, un breve avance de Familias militares, un nuevo despertar.

Visite el sitio en internet de V-Me para consultar los horarios y la lista de estaciones locales.

“Papá y los hombres de su unidad combinada estadounidense/filipina fueron los primeros [soldados estadounidenses] que enfrentaron a los japoneses cara a cara, el 22 de diciembre de 1941, en la playa de del Golfo de Lingayen, en las Filipinas”, cuenta Francisco Lovato, un hecho que, según él, no ha sido publicado en ningún libro de historia.

Fue la necesidad de relatar estos hechos —así como de rendir homenaje a los hombres que amaban—, lo que obligó a Lovato y Kunkle a pasar años investigando las experiencias de los veteranos. Las memorias resaltan la capacidad de resistencia del espíritu humano al enfrentar una crueldad indescriptible y al poder de la esperanza para superar la adversidad.

En una entrevista reciente, los veteranos y sus biógrafos compartieron sus experiencias con AARP Segunda Juventud.

 

 Frank y Francisco Lovato      Carlos Montoya y J.L. Kunkle 


Frank y Francisco Lovato

Survivor, por Francisco L. Lovato
Survivor, portada(2008, Del Oro Press)
La biografía del sargento mayor Frank N. Lovato, según la cuenta su hijo Francisco L. Lovato, es una recopilación de experiencias del veterano durante la Segunda Guerra Mundial. Frank, un ex soldado del Ejército y de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, soportó la Marcha de la Muerte de Bataán y años en campos japoneses de prisioneros de guerra y de esclavos. Basándose en cientos de horas de entrevistas durante un período de diez años, Francisco retransmite los relatos de su padre como integrante de la primera unidad que luchó contra las fuerzas japonesas en las Filipinas en 1941, sobreviviendo como prisionero de guerra, y, finalmente, siendo liberado, en 1945. Para más información, visite:
www.survivorbook.com

P. Cuéntenme sobre Bataán.
R. Frank: Cuando llegó la orden desde el cuartel general de que supuestamente tendríamos que rendirnos, simplemente no lo podíamos creer. Pero cuando vimos esos tanques japoneses acercándose por el terreno, no contábamos con munición de artillería para dispararles con nuestros semiorugas. Se nos indicó que abriéramos la recámara de nuestros fusiles, le atáramos un trapo y lo levantáramos, para que el enemigo pudiera verla. Dejamos la munición de nuestras armas menores y todo lo demás. Conservé mi cantimplora, mi armónica y mi impermeable; eso fue todo. Cuando nos dijeron que resignáramos nuestros fusiles, tomé mi Springfield y lo lancé contra una roca enorme. Me dije: “Oh, Dios, esta será la última vez que respire”, ya que había torcido la maldita cosa.
P. Cuéntenos sobre la marcha de la muerte.
R.

Frank: Teníamos que caminar rápido la mayor parte del tiempo. Y si estábamos heridos y no podíamos caminar con velocidad, nos golpeaban severamente. Yo estuve aproximadamente dos días y medio en la marcha de la muerte. Nos obligaban a marchar durante muchísimas horas sin comida ni bebida. Y la excusa que tenían era que nos querían alejar del peligro. Esa era la excusa que argumentaban para la marcha de la muerte.

Era un panorama horrible. Cada vez que alzabas la vista, alguien se estaba desangrando hasta morir. Y no se podía hacer nada por ellos. No podías detenerte. Yo tuve malaria, también, durante la marcha. No podías escaparte de la marcha de la muerte porque a la izquierda estaban los japoneses, y, a la derecha, el océano. Simplemente tenías que continuar.

P. ¿Qué fue lo que lo ayudó a superar este momento?
R.

Frank: Mis convicciones religiosas. La bendita Virgen María y nuestra señora de Guadalupe. Oré no sólo por mí, sino también por mis amigos.

Sabía que debía contar con un plan que me mantuviera concentrado. Mi plan era llegar al destino y esperar a que nuestras tropas nos liberaran. Regresaría a Estados Unidos para ver a mis padres nuevamente, conseguir el rango que me habían prometido [sargento], conocer a mi esposa, Evangeline, y tener cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Y eso es exactamente lo que ocurrió: dos niños y dos niñas. Y mi esposa resultó ser exactamente como me la imaginaba, un ángel. Ella me ayudó muchísimo a superar los recuerdos desagradables de vida y de muerte en los campos japoneses de prisioneros.

P. ¿Cómo fue volver a casa?
R. Frank: Simplemente, un bello sueño hecho realidad. Fue igual que un sueño. Me dije: “Solía pensar en esto”: el modo en que el barco se hamacaría hacia el muelle y que desearía ver a mis padres. Y eso es precisamente lo que ocurrió. Mi barco se fue acercando al muelle y ¿quiénes estaban allí, justo al final del muelle? Mi madre y mi hermana. Y miré mejor y pude ver a mi otra hermana, con mi padre. Me saludaban. Sentí algo maravilloso. No existen palabras para describirlo.
P. ¿Cómo sobrellevó los efectos de la guerra?
R.

Frank: Mi plan. Tenía mi plan por delante. Me iba a volver a enlistar tan pronto pudiera. Luego tenía que dar pruebas del rango que había logrado en Filipinas luchando contra los japoneses. Esa era una parte de mi plan. Nos dieron seis meses de licencia con goce de sueldo. Durante ese período conocí a mi esposa, y nos casamos poco tiempo después.

Francisco: En el campo de batalla, le prometieron que ascendería de soldado raso a sargento. Se lo prometió su capitán, que había muerto en el infame “barco del infierno” [naves que transportaban prisioneros de guerra a Japón] Oryoku Maru. Él sabía que necesitaba conseguir ese rango para poder tener el dinero y la seguridad necesarios para casarse con mi madre y ganarse la vida para mantener a nuestra familia. Supongo que, la respuesta en realidad es que se comprometió positiva y completamente con su vida y con sus obligaciones, con permanecer en la fuerza y con crear un mundo de paz.

P. ¿Cuál fue el mayor desafío al escribir este libro?
R. Francisco: Yo diría que el mayor desafío fue que papá se orienta mucho a partir de los detalles. A medida que escuchaba, escribía y reescribía cada incidente y los detalles, era como revivirlo con él. Viví su historia en mi vida durante diez años. A medida que la revisábamos, una y otra vez, esas historias se grabaron a fuego en mi alma. Me resultó emocionalmente doloroso escuchar y volver a vivir su dolor y el de todos los otros hombres. Cuanto más hablaba, cuanto más relataba el horror y las condiciones aberrantes, sentí dolor por esos hombres, sus compañeros, que murieron, y todo el sufrimiento que soportaron. No quería dejar nada afuera, de modo que cuando, finalmente, los lectores en algún momento leyeran la historia, también se compadecieran, comprendieran y sintieran la experiencia completa.
P. ¿Por qué consideran que es importante que los veteranos cuenten su historia?
R.

Frank: Creo que nos ayuda contarla. A mí me ha ayudado. Me dijo un psiquiatra que me entrevistó durante años en el VA (Departamento de Asuntos de Veteranos) que disfrutaban mi relato y los detalles que describía y cómo fue la experiencia. Nunca antes habían escuchado algo semejante.

Francisco:  Una de las cosas que contó papá fue que, en Bataán, se les terminó todo: comida, munición, medicamentos, absolutamente todo. Por ese motivo se quedaron varados y no pudieron desarrollar una estrategia de batalla exitosa. Papá juró que si alguna vez regresaba a Estados Unidos, haría todo lo posible para controlar que nuestras fuerzas armadas nunca estuvieran tan débiles como para que esta historia se repita.


Carlos Montoya y J.L. Kunkle

Carlos: A Tale of Survival, por J.L. Kunkle
Carlos: A Tale of Survival, portada(2007, I-Socket Presse)
Escrito por el sobrino del protagonista, Carlos: A Tale of Survival narra la vida de Carlos Montoya. Después de sobrevivir a la Gran Depresión, Montoya se enrola en la Guardia Nacional, a fines de la década de 1930, y es destacado a Filipinas, antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En Filipinas, Montoya lucha por conservar la península de Bataán, hasta que es tomada por los japoneses, en abril de 1942. Lo que sigue es una historia de coraje y determinación: Montoya sobrevive a la Marcha de la Muerte de Bataán, durante la cual miles de hombres murieron, y, luego, sobrevive a crudos inviernos durante tres años y diez meses, como prisionero de guerra, en Japón. Liberado en 1945, Montoya regresa como un hombre distinto a una sociedad diferente.

P. Usted sobrevivió a la Marcha de la Muerte de Bataán y, luego, a casi cuatro años en campos japoneses de prisioneros de guerra. Cuénteme su experiencia.
R.

Carlos: Cuando llegamos al primer campo, Camp O’Donnell [el punto final de la Marcha de la Muerte de Bataán, en Capas Tarlac, Filipinas], imaginé que todos moriríamos en ese momento. Rodearon a 9.000 hombres en un área que era un antiguo campamento filipino que había sido abandonado durante no sé cuántos años. El techo estaba construido con hojas de palmera y estaba bastante deteriorado, y dormíamos en el piso.

Teníamos una boca de agua, y el agua apenas salía a gotas por la canilla. No nos daban más agua que la que de allí salía. Nos daban tres comidas al día, pero los alimentos apenas cubrían el fondo de nuestro estuche de utensilios de cocina. Así fue como comenzamos a contraer malaria, disentería. La gente moría a lo loco, entre 300 y 450 hombres por día. 

Juré que si los japoneses alguna vez pedían un destacamento, me iba a ofrecer como voluntario para salir de este campamento, que fue exactamente lo que sucedió. Me fui en un destacamento de 300 hombres. Nos fuimos para fines de mayo, y para el 10 de agosto sólo quedábamos 48 hombres.

P. Su libro describe meses de trabajo de esclavos en Japón. ¿Cómo terminó allí?
R.

Carlos: Desde Cabanatuan [un campamento temporario, al Norte del Campo O'Donnell], se mandó gente a Japón en los denominados “barcos del infierno”. Me fui en otro destacamento de 300 hombres y terminé en Niigata, Japón. Descargábamos barcos de carbón que llegaban de Manchuria. En Niigata, teníamos tres meses de verano y nueve meses de invierno. Estábamos en un puente que se encontraba a unos 40 pies de altura;  había un río a un lado y la bahía al otro. El viento nos golpeaba desde todas las direcciones y mucha gente murió de frío o se congeló. A mí se me congelaron las piernas.

P. ¿Qué fue lo que lo ayudó a superar este momento?
R.

Carlos: Tenía a mi esposa en Albuquerque, y eso fue lo que me mantuvo en pie. Las personas que se rendían morían. No podían sobrevivir. Perdimos demasiados hombres así, porque se rindieron.

Tenía muy en claro que los japoneses no podían matarme. Me dije: “Sé que llegan oraciones desde mi ciudad [Albuquerque], y sé que están rezando por mí. Y voy a salir de este agujero”. Y lo logré.

P. ¿Cómo fue regresar a casa?
R. Carlos: Fue una sensación impresionantemente buena. Fuimos los últimos en ser evacuados del campamento.
P. ¿Cómo sobrellevó los efectos de la guerra?
R.

Carlos: Me llevó cinco años recuperarme. Empecé a beber. Iba al hospital y el hospital del VA no nos prestaba atención; decían que no teníamos nada malo. Tenía mucha ira contenida y no podía controlarla. 

Mi esposa solía preguntarme: “¿Por qué no puedes dejar de beber?” Yo le contestaba: “Pues… no puedo. Tengo que contar con algo que detenga el caos que tengo en mi cabeza. Estoy perdiendo la razón y necesito beber para desconectarme”. Y una mañana, luego de que me tuvieran que sacar a rastras de un bar el día anterior, me miré al espejo y vi que estaba totalmente cubierto con arena, y me dije: “Carlos, eres un imbécil. Eres un estúpido”. Y ahí mismo dejé de beber. Me llevó un año más, aproximadamente, vencer mi ira con la ayuda de un psiquiatra.

P. ¿Cuál fue el mayor desafío al escribir este libro?
R. J.L.: Carlos es un sensacional narrador de historias. Traté de lograr que esa misma historia cobrara vida en las páginas escritas. Básicamente, tuvimos muchas entrevistas durante cuatro años. Fue una época muy intensa de su vida.
P. ¿Por qué consideran que es importante que los veteranos cuenten sus historias?
R.

Carlos: En mi caso, fui prisionero durante cuatro años en un campo de trabajo japonés. Nunca nos pagaron, ni los japoneses ni Estados Unidos, y siento que deberíamos recibir una compensación por el trabajo que hice para los japoneses. Presentamos una demanda en el Juzgado de Distrito de Estados Unidos, aquí en California; presentamos la demanda cinco veces en el Juzgado Federal y nos la rechazaron, excepto un caso, que fue a la Corte Suprema. Y la Corte Suprema ni siquiera quiso escuchar el caso.

J.L.:  Debido a que la historia se repite. La gente necesita conocer las historias de guerra, no simplemente sobre una base fáctica, sino sobre una base emocional de modo de poder, al menos, intentar comprender lo que se siente, cuáles eran las condiciones, y tenerlo en cuenta al momento de considerar la posibilidad de declarar otras guerras.


Enlaces

Hay 1,1 millones de veteranos hispanos de las Fuerzas Armadas de EE. UU., según datos de la Oficina del Censo de EE. UU. Para averiguar más sobre sus contribuciones y recursos disponibles para veteranos:

Hispanic War Veterans of America 
(Veteranos de Guerra Hispanos de Estados Unidos)

U.S. Latino and Latina World War II Oral History Project
(Proyecto de historia oral de la Segunda Guerra Mundial, de latinos y latinas de EE. UU.)

U.S. Department of Veterans Affairs Center for Minority Veterans
(Centro de Veteranos de las Minorías del Departamento de Asuntos de Veteranos de Estados Unidos)

Datos sobre veteranos de la oficina del Censo de EE. UU.

Recursos para veteranos en Puerto Rico



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