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Bogotá, Colombia: No es tan sólo otra ciudad superpoblada y contaminada en exceso de Latinoamérica. La ciudad capital de Colombia se ha ganado la reputación de ser una ciudad para la gente. Todos los domingos y feriados, desde las 7 a.m. a las 2 p.m., esta metrópolis andina cambia la marcha y cierra sus calles al tránsito, alentando a sus residentes a participar en una innovadora propuesta para mejorar la salud y recibir a la comunidad: la ciclovía.
Recorra lo que parecieran ser interminables millas de asfalto, y podrá ver de todo; desde un anciano que trepa con paciencia el accidentado paisaje en una bicicleta hecha a mano y que cruje a cada vuelta de pedal, hasta un grupo de ciclistas que pasan volando, vestidos con una segunda piel de spandex, montados en bicicletas de $1.000.
La variada ruta de la ciclovía, que se extiende por unas 75 millas de calles y calzadas reservadas exclusivamente para peatones y ciclistas, cautiva con las vistas y sonidos de sus habitantes que disfrutan de un merecido día de descanso. Grupos de adolescentes en sólidas bicicletas de carrera haciendo acrobacias comparten las calles con grupos de abuelitas que caminan bajo el sol de la tarde y con familias completas que aprovechan la oportunidad para compartir un paseo y helados.
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Bogotá ostenta la ciclovía ininterrumpida más antigua del mundo; las raíces pueden rastrearse hasta 1974, cuando los activistas denunciaron que a la ciudad le faltaban opciones recreativas. Dos años más tarde, el gobierno municipal creó, formalmente, la ciclovía. Para 1986, la ruta tenía una longitud de 33 millas y, a mediados de los 90, ya contaba con el doble de millas, hasta alcanzar la longitud actual.
“Durante 5.000 años construimos ciudades, pero sólo en los últimos 50 lo hemos hecho en torno a los automóviles —señala Gil Peñalosa, ex director del departamento de parques y recreación de la ciudad—
La ciclovía le dice a la gente que siete horas
a la semana estos caminos son para ellos y
no para los coches.”
Peñalosa es el hermano del ex alcalde de Bogotá Enrique Peñalosa, conocido por haber introducido una amplia gama de reformas para hacer la ciudad más vivible. En 1995, Gil Peñalosa le quitó el proyecto de la ciclovía al departamento de transporte de la ciudad y le insufló nueva vida al programa, formando un grupo de profesionales y voluntarios, extendiendo la ruta y añadiendo otros servicios, la recrovía entre ellos, que ofrece una gran variedad de servicios, desde clases de yoga y elongación a clases de salsa y ejercicios aeróbicos, en los parques de Bogotá. No podrá confundir la recrovía, ya que se la puede escuchar a dos cuadras. La música resuena desde los altoparlantes, en tanto bandadas de hombres, mujeres y niños de todas las edades y tamaño se menean, se sacuden y ríen mientras hacen ejercicio.
A Carlos Castillo, de 43 años, participar de la ciclovía y de la recrovía le cambió la vida. Este oficinista comenzó concurriendo a la ciclovía. Dos años más tarde, se unió a la recrovía. “Estoy más musculoso desde que comencé a andar en bicicleta en la ciclovía —afirma Castillo—. Ahora, que también participo de las clases en la recrovía, me siento más tranquilo. Venir a la recrovía reduce mi nivel de estrés por el resto de la semana. Las clases han sido algo bueno para mi salud en general.”
Y también para la salud de la ciudad, a partir del momento que sirve para unir a sus residentes. Todas las semanas, más de un millón de personas concurren a la ciclovía. La ruta es un reflejo de la verdadera diversidad de Bogotá, ya que serpentea desde los destartalados límites del sur, donde las casas hechas de bloques de cemento con techos de chapa corrugada se extienden a lo largo de las calles, a los lujosos suburbios del norte, con sus altos edificios ultra modernos que ostentan jardines bien cuidados.
“La ciclovía es uno de los pocos lugares de la ciudad donde puedes observar una mezcla de todo —señala Peñalosa, que actualmente dirige Walk and Bike for Life, una organización canadiense que promueve un estilo de vida más saludable en todo el mundo—. Es el único lugar de Bogotá donde puedes ver al presidente de un banco con su familia en el mismo lugar y realizando las mismas actividades que la persona que limpia el piso del mismo banco. Es como un ejercicio de integración social. Jóvenes, viejos, gordos, flacos, ricos y pobres, todos pueden mezclarse.”
El sentido de “familia” ciudadana, en su máxima expresión, se vuelve más personal a medida que familias reales se toman un tiempo para estar juntas. No es extraño en absoluto ver grupos de familias, vecinos y amigos caminando, andando en bicicleta o deteniéndose para comer un bocadillo en uno de los tantos puestos que se extienden a lo largo de las calles y que venden jugos frescos y pulposa fruta madura. El equipo padre-hijo conformado por Jorge y Humberto Romero recorre una ruta de 12 millas a través de Bogotá, de Norte a Sur. Humberto, de 42 años, administrador, sostiene que su padre ama los domingos que pasan juntos en la ciclovía. “Por el aire, el ejercicio, la conversación”, afirma Jorge, maestro jubilado de 73 años, mientras se prepara para alejarse en su bicicleta.
Beneficios
Las investigaciones realizadas demuestran que la ciclovía genera beneficios tanto para la sociedad, como para el medio ambiente y la salud. “Las mujeres que concurren a la ciclovía son más proclives a ser físicamente activas durante el resto de la semana”, afirma Olga Lucía Sarmiento, Ph.D. de la Universidad de los Andes de Bogotá. Ella y un grupo de investigadores han estudiado los efectos de la ciclovía en la salud. En investigaciones adicionales, Sarmiento descubrió que los usuarios de la ciclovía presentaban una calidad de vida más alta que las personas que no estaban involucradas en esa actividad. Y no llama la atención que un estudio realizado sobre un área que se extiende a lo largo de la ruta de la ciclovía haya encontrado que, los domingos, hay una calidad de aire superior y un menor nivel de ruido.
Siguiendo el ejemplo de Bogotá, el número de ciclovías está creciendo en todo el mundo, desde Quito hasta París. “Lo llamamos una epidemia saludable”, comenta Sarmiento. En Estados Unidos, sin embargo, las ciclovías aún no se imponen. Algunas ciudades, como El Paso, San Francisco y Nueva York, organizan periódicamente eventos en los que no se permiten automóviles.
En Chicago, donde se organiza una ciclovía anual, más de 10.000 personas han demostrado que disfrutan del evento de “calles abiertas” de la ciudad. Leonor Cabello, de 69 años, nativa de Bogotá que ahora vive en Chicago, asistió en 2008 y trabajó como voluntaria en el evento de este año. “Aquí, en Chicago, la ciclovía es algo muy lindo —afirma—. Es una lástima que no se haga todos los fines de semana.”
En tanto Cabello extraña la ciclovía de su país, muchos de los que disfrutan pasar los domingos allí saben lo afortunados que son. “La ciclovía es lo mejor que hay para hacer en Bogotá —señala María Casas, una secretaria de 43 años que asiste todas las semanas con su madre—. Es un ejemplo para el resto del mundo. Nos ayuda a ser más felices, a conocer más gente, a hacer amigos y a ejercitarnos. Es algo muy bueno para todos nosotros.”